Era un simple silencio. Quizás un par de días atrás, eso no le complicaba las razones para evitar ser visto.
Ahora estaba detrás de una vidriera. Se sentía indiferente, estúpido y hasta incomprendido. Las malas palabras ya eran parte de su propio conocimiento. El tiempo era parte de la espera propuesta.
Cada tanto se maltrataba, seguía la condena, esperando alguna señal que mantenga el amor.
Le perteneció durante noches enteras, de poco sueño y muchas letras desordenadas.
Las mañanas lo llenaban de sol, para llegar vivo a la noche, y volver a empezar.
24/10/10
19/10/10
(sin nombre 3)
Pasó su mano por su espalda, y el amor y la compasión se fundieron. Quizás era más fácil permanecer ciego al mar, aunque su boca sólo se llenara de espinas por las noches.
La tolerancia era eterna, y en ciclos de egoísmos, su mente recaía en algo que antes era inútil remover.
Aún no entendía si su duda se merecía al encierro o al diluvio de promesas. Nada parecía conquistarla. Era más fuerte que ella.
A la espera de que rompa el silencio, la sal abandonó su cuerpo. Aún húmedo en sus pensamientos, se echó a andar, detrás de su sombra.
Él no sabía más del mundo, sólo las aguas le calmaban el cerebro, que en la oscuridad despertaba para describirse a sí mismo.
La tolerancia era eterna, y en ciclos de egoísmos, su mente recaía en algo que antes era inútil remover.
Aún no entendía si su duda se merecía al encierro o al diluvio de promesas. Nada parecía conquistarla. Era más fuerte que ella.
A la espera de que rompa el silencio, la sal abandonó su cuerpo. Aún húmedo en sus pensamientos, se echó a andar, detrás de su sombra.
Él no sabía más del mundo, sólo las aguas le calmaban el cerebro, que en la oscuridad despertaba para describirse a sí mismo.
15/10/10
(sin nombre 2)
A cada paso, veía su rostro alegre en el espejo. Se dividía en dos, y se soñaba limpiando las almas que tanto lo habían hostigado.
Llegó el sábado y fue libre, aunque pasaron los días y volvió a sentir la angustia por no pertenecerle al mar. Con la sensación de ser un juego más, escribió versos en su vientre para volver a conquistarla. Nada funcionaba en el contexto y sus labios comenzaron a disolver el pasado.
Tres golpes irrumpieron su vida, y la nada volvió a ser parte de sus encuentros. Las flores se secaron debajo de sus cuerpos, lastimados por el deseo. Sin límites de dios, sólo se ofrecieron sus almas, ahorrando las palabras para ellos.
Llegó el sábado y fue libre, aunque pasaron los días y volvió a sentir la angustia por no pertenecerle al mar. Con la sensación de ser un juego más, escribió versos en su vientre para volver a conquistarla. Nada funcionaba en el contexto y sus labios comenzaron a disolver el pasado.
Tres golpes irrumpieron su vida, y la nada volvió a ser parte de sus encuentros. Las flores se secaron debajo de sus cuerpos, lastimados por el deseo. Sin límites de dios, sólo se ofrecieron sus almas, ahorrando las palabras para ellos.
(sin nombre)
Esquivó su consciencia, mientras bailaba tangos con su recuerdo. Nada le parecía tan real como ella, a quien poco había visto. Se conocieron un verano, quizá los dos esperando la próxima estación, aburridos ya del calor y el asfalto.
Atis era aún sensible a los poemas mal recitados, su corta edad no le dejaba distinguir siquiera la anestesia de su despecho.
El no le parecía un gran hombre, sin embargo bajo su piel las lágrimas acumuladas abandonaban la sal y la oscuridad. En tanto él, dedicaba sus lunas a describir su mejilla, entre el humo de cigarrillos sin terminar.
Con el absurdo frío, sus labios, más femeninos que nunca, prefirieron esquivar el simple balbuceo, y entre promesas de desamor fue fiel a su espina que ocultaba bajo su ropa.
No quiso dejarlo escapar desde su primer llanto empapado de alcohol, del cual sólo el rencor pudo hacerle eco.
Se adueñó del mundo, y mientras todos se preocupaban por su mirada, las heridas ajenas no la conquistaron, y el amor se detuvo en la nada, bajo la soledad y su universalidad.
Atis era aún sensible a los poemas mal recitados, su corta edad no le dejaba distinguir siquiera la anestesia de su despecho.
El no le parecía un gran hombre, sin embargo bajo su piel las lágrimas acumuladas abandonaban la sal y la oscuridad. En tanto él, dedicaba sus lunas a describir su mejilla, entre el humo de cigarrillos sin terminar.
Con el absurdo frío, sus labios, más femeninos que nunca, prefirieron esquivar el simple balbuceo, y entre promesas de desamor fue fiel a su espina que ocultaba bajo su ropa.
No quiso dejarlo escapar desde su primer llanto empapado de alcohol, del cual sólo el rencor pudo hacerle eco.
Se adueñó del mundo, y mientras todos se preocupaban por su mirada, las heridas ajenas no la conquistaron, y el amor se detuvo en la nada, bajo la soledad y su universalidad.
1/10/10
Cuerdo deceso
La historia pintó de suerte aquel macabro contexto. Ignorando la situación brindó asilo a las penas que pretendían esquivar su rostro en la oscuridad.
Cada tanto las asperezas del cerebro se desfiguraban con el humo. No tenía a nadie entre sus brazos, y la distancia fue una cuestión de costumbres.
El mar volvió a tapar su cuerpo de espuma. Jugaban a ser serios por la noche, aunque con el sol sólo eran huérfanos de amor.
Se deshizo la sonrisa, así como el arte deshizo su supuesto imperio sentimental.
El frío se alejaba, y la nada resurgió en su alma, cantando al suelo y a su futuro, con plegarias sin rima, mojadas por la sal.
Cada tanto las asperezas del cerebro se desfiguraban con el humo. No tenía a nadie entre sus brazos, y la distancia fue una cuestión de costumbres.
El mar volvió a tapar su cuerpo de espuma. Jugaban a ser serios por la noche, aunque con el sol sólo eran huérfanos de amor.
Se deshizo la sonrisa, así como el arte deshizo su supuesto imperio sentimental.
El frío se alejaba, y la nada resurgió en su alma, cantando al suelo y a su futuro, con plegarias sin rima, mojadas por la sal.
11/8/10
Ese manicomio irreal
Quizá allí, allí donde los consejos son meros balbuceos, quizá allí nació su esperanza. No sentía desprecio por las relaciones pasadas, aunque no sabía aún cómo hacer para no castigarse a sí mismo.
Era menor de edad, y con la barba apenas crecida se echó a andar. Poca gente lo conocía por su nombre en esa ciudad, y muchos menos por lo que soñaba. Reservaba cada uno de los silencios a entrelazar las frases más bellas. Todavía no sabía de su impregnación y la eternidad que provocaban en la memoria.
Llegó al pueblo vecino con dos manzanas, una como almuerzo y la otra aún sin fecha de vencimiento. Quizá este niño merecía más que una familia enredada en la alfombra. El ardor que la vida le generaba, aún curaba la liturgia. Su imposibilidad de reacción a lo ajeno dificultaba su integración. Ante la duda prefería bajar la mirada. Su destreza se encontraba en la locura que pocos se animaban a descifrar.
Por las noches era cuando el humo del cigarrillo dibujaba su aura. En una hoguera se desvinculaba con la realidad y le lloraba a su amiga, a su puta de la esquina que por un par de monedas sólo se sentaba al borde de la cama para verlo aullar su querer.
Ella se apresaba cada día más de él. Aunque sólo su pasado la conocía como él la soñaba, sólo él resguardaba su rencor, y manchaba las mañanas de sus aromas.
Era menor de edad, y con la barba apenas crecida se echó a andar. Poca gente lo conocía por su nombre en esa ciudad, y muchos menos por lo que soñaba. Reservaba cada uno de los silencios a entrelazar las frases más bellas. Todavía no sabía de su impregnación y la eternidad que provocaban en la memoria.
Llegó al pueblo vecino con dos manzanas, una como almuerzo y la otra aún sin fecha de vencimiento. Quizá este niño merecía más que una familia enredada en la alfombra. El ardor que la vida le generaba, aún curaba la liturgia. Su imposibilidad de reacción a lo ajeno dificultaba su integración. Ante la duda prefería bajar la mirada. Su destreza se encontraba en la locura que pocos se animaban a descifrar.
Por las noches era cuando el humo del cigarrillo dibujaba su aura. En una hoguera se desvinculaba con la realidad y le lloraba a su amiga, a su puta de la esquina que por un par de monedas sólo se sentaba al borde de la cama para verlo aullar su querer.
Ella se apresaba cada día más de él. Aunque sólo su pasado la conocía como él la soñaba, sólo él resguardaba su rencor, y manchaba las mañanas de sus aromas.
10/7/10
Detrás del sol
Entró al bar y ya no tenía nombre. Lo habían olvidado tantas mujeres como tuvo, por lo que él también decidió olvidarse por un tiempo. Al preguntarle cómo se llamaba, no supo qué decir, a lo que alguien detrás de la barra aseguró que tenía cara de Esteban, quizá como el marinero muerto de García. Sin nada que decir, decidió adueñarse de él.
Tomó sólo un par de tragos, y prefirió dejar algunas monedas para la noche siguiente, cuando ya sepan de él. A veces se imaginaba ingenuo ante las miradas ajenas, por lo que esta vez, en este nuevo lugar, se sentó a escuchar las andanzas de personas desconocidas. Poco le importaba lo que hablaban, sólo poder encontrarle a Esteban algún lugar de fragancias ajenas a su pasado. Al principio le fue fácil. Roberto fue el primero en sentarse a compartir un trago, y sólo le habló de barcos, puertos y putas.
Lo escuchaba, aunque de vez en cuando emitía algún sonido para que la conversación fluyera y él pudiera seguir emborrachándose.
Solía dejarse llevar por el canto de los pájaros, ahogando cada mañana de malestar en un susurro de eternidad. Había gastado sus posibilidades de liberarse de sí mismo, y ahora su cerebro generaba fricciones y repulsión a su cotidianeidad. Esteban núnca había sido marinero como imaginaron en el bar. Sí un exagerado y capaz de malinterpretar todo a su alrededor. Por eso, el aire contaminado alcohol y tabaco era el único recurso posible, por lo que Estaban prefirió abandonar su flujo y acomodar cada noche las cenizas de cigarrillo debajo de la ventana.
En el bar era uno más, jugando al billar o sólo bebiendo como el resto. Pasaron las semanas, y pensó por primera vez quién era en realidad. Y en realidad era Esteban. Sus amoríos y desgracias fueron abandonados en el mar de donde vino, lejos de la sal de aquella ciudad monocromática.
Por un momento se sintió escribiendo su propia liturgia, entre la modernidad del sol y sus nuevas necesidades. No sabía cómo pero cada noche tenía en su bolsillo dinero para pagarse su lugar en el bar, para inventar luego aventuras de barcos, puertos y putas.
Tomó sólo un par de tragos, y prefirió dejar algunas monedas para la noche siguiente, cuando ya sepan de él. A veces se imaginaba ingenuo ante las miradas ajenas, por lo que esta vez, en este nuevo lugar, se sentó a escuchar las andanzas de personas desconocidas. Poco le importaba lo que hablaban, sólo poder encontrarle a Esteban algún lugar de fragancias ajenas a su pasado. Al principio le fue fácil. Roberto fue el primero en sentarse a compartir un trago, y sólo le habló de barcos, puertos y putas.
Lo escuchaba, aunque de vez en cuando emitía algún sonido para que la conversación fluyera y él pudiera seguir emborrachándose.
Solía dejarse llevar por el canto de los pájaros, ahogando cada mañana de malestar en un susurro de eternidad. Había gastado sus posibilidades de liberarse de sí mismo, y ahora su cerebro generaba fricciones y repulsión a su cotidianeidad. Esteban núnca había sido marinero como imaginaron en el bar. Sí un exagerado y capaz de malinterpretar todo a su alrededor. Por eso, el aire contaminado alcohol y tabaco era el único recurso posible, por lo que Estaban prefirió abandonar su flujo y acomodar cada noche las cenizas de cigarrillo debajo de la ventana.
En el bar era uno más, jugando al billar o sólo bebiendo como el resto. Pasaron las semanas, y pensó por primera vez quién era en realidad. Y en realidad era Esteban. Sus amoríos y desgracias fueron abandonados en el mar de donde vino, lejos de la sal de aquella ciudad monocromática.
Por un momento se sintió escribiendo su propia liturgia, entre la modernidad del sol y sus nuevas necesidades. No sabía cómo pero cada noche tenía en su bolsillo dinero para pagarse su lugar en el bar, para inventar luego aventuras de barcos, puertos y putas.
6/6/10
Marmol y piedad
Sólo tuvo un perdón para aquella causa perdida. Prefirió silenciar sus labios, antes de ver cómo se derriten sus rostros. Nada quizá más inhumano, que él mismo, aquel que alguna vez tejió versos, ahora sólo podía pedir amnesia a su espejo.
Incomoda sensación de haber perdido, de haber matado su angustia. Y ni el olvido ni la pena llegarían a destino, lejos del mar, a orillas de su entierro. Sólo pudo ver correr su sangre, descompuesta por el estupor ajeno. Ella se inclinó para tomar un último cigarrillo de la caja preguntando antes si alguien quería.
Luego, se acercó y le pegó sin emitir siquiera alguna palabra. Allí entendieron que todo terminaba, que la pelea era justa, al igual que su razón.
El tomó aire y partió, a la nada misma, donde los besos no dan consejos.
Incomoda sensación de haber perdido, de haber matado su angustia. Y ni el olvido ni la pena llegarían a destino, lejos del mar, a orillas de su entierro. Sólo pudo ver correr su sangre, descompuesta por el estupor ajeno. Ella se inclinó para tomar un último cigarrillo de la caja preguntando antes si alguien quería.
Luego, se acercó y le pegó sin emitir siquiera alguna palabra. Allí entendieron que todo terminaba, que la pelea era justa, al igual que su razón.
El tomó aire y partió, a la nada misma, donde los besos no dan consejos.
27/5/10
Tardes de años
- Cerrame la puerta -dijo.
Quedaban sólo ellos dos en la casa, silenciosa y con resacas de una discusión. Afuera aún brillaba el sol y quedaba tiempo para pensar qué hacer. Mientras hervía su pava, el timbre sonó dos veces seguidas.
- Hola, ¿José está?
José soñaba aún con jugar al fútbol, quizá la popularidad le daba más satisfacciones que el propio mérito deportivo. Sin embargo nada de eso sería. Su crecimiento se vinculaba al constante uso de la metáfora escrita. Escribiría más de lo que leería, ocultando a cada paso una frase sin sentido. La amistad llegaría tarde, acompañada por el desgaste de sus labios, llenos de miseria y vidrio. Sus llantos seguirían por largo tiempo a la nada, a las musas infantiles. Odiaba y odiaría las mañanas, ese lapso donde prometería no volver a fumar, a tomar y tratar sin éxito de borrar lo escrito la noche anterior.
No sería futbolista, pero sí un anónimo enamorado del egoísmo ajeno. Contraería familia a corta edad, sin trabajo y bajo la furiosa mirada familiar, quien procuraba estimular sus fracasos.
Todavía era débil, y el amor no llegaría, y aún así terminaría por no esperarlo, abandonando su cuerpo a la compañía momentánea, sin grandes requisitos más que un te quiero para ir a dormir. José buscaría brillar a lo largo de su vida, a pesar de fomentar su encierro a través de la palabra. Sin embargo, nada ni nadie sabía aún de él.
- Sí, pero está en penitencia. Hoy no va poder salir a jugar – contestó su madre.
Quedaban sólo ellos dos en la casa, silenciosa y con resacas de una discusión. Afuera aún brillaba el sol y quedaba tiempo para pensar qué hacer. Mientras hervía su pava, el timbre sonó dos veces seguidas.
- Hola, ¿José está?
José soñaba aún con jugar al fútbol, quizá la popularidad le daba más satisfacciones que el propio mérito deportivo. Sin embargo nada de eso sería. Su crecimiento se vinculaba al constante uso de la metáfora escrita. Escribiría más de lo que leería, ocultando a cada paso una frase sin sentido. La amistad llegaría tarde, acompañada por el desgaste de sus labios, llenos de miseria y vidrio. Sus llantos seguirían por largo tiempo a la nada, a las musas infantiles. Odiaba y odiaría las mañanas, ese lapso donde prometería no volver a fumar, a tomar y tratar sin éxito de borrar lo escrito la noche anterior.
No sería futbolista, pero sí un anónimo enamorado del egoísmo ajeno. Contraería familia a corta edad, sin trabajo y bajo la furiosa mirada familiar, quien procuraba estimular sus fracasos.
Todavía era débil, y el amor no llegaría, y aún así terminaría por no esperarlo, abandonando su cuerpo a la compañía momentánea, sin grandes requisitos más que un te quiero para ir a dormir. José buscaría brillar a lo largo de su vida, a pesar de fomentar su encierro a través de la palabra. Sin embargo, nada ni nadie sabía aún de él.
- Sí, pero está en penitencia. Hoy no va poder salir a jugar – contestó su madre.
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