13/12/07

Una ilusión, mil dudas

Era cada vez más fácil sentir aromas de adolescencia en cada abrir y cerrar de ojos. Mientras el trasluz de ella vagabundeaba en saludos, sólo me quedaba esperar el mío. Entre rojos y violetas cada sudor cayó sobre el arte primogénito.
La ilusión, que parecía haberse perdido, volvió a marcar cada sonrisa improvisada en un vano intento por llamar su atención y mi desamor.
Ella, con relojes ajenos, brilló por terrenos de soledad, de ausencia y muerte. Cuando la igualdad llegó, su visión se fue cada vez más, tocando la noche. Tras aquella figura de perfección se escondía una fuga de instantes. Rememorando pasados los deseos no llegaron y como quien toca fondo se selló el motín.
Próximo al calor, sus idas y vueltas alteraban cada vez, cada sol. Cómplice de aquella caída, oscurecimos entre vinos y alcobas.
En cada intento, yacía un penar, una ilusión que no moría hasta caer en el fondo de la copa, donde nadan los que ya se dieron por vencidos.
Por eso, cuando los ecos hacían vibrar las paredes, entre cuervos solté la soga para partir de aquel infierno, de aquel encuentro.
Ahora, siento cómo la peste se aproxima y los bisturís desarman los corazones, locos por su locura.
Así cuando la esperanza ya no es más que una palabra, todo silva entre ruidos. Las cosas que tienden a reforzar los esquemas de agonías perpetuas, comen en el cabaret de la oscura pesadilla del sol. Allí donde todo es más real que ella.

1/12/07

Mierdas del ayer

Mi añorada inocencia quedó intacta en plenos suspiros. La música y el alcohol provocaron la máxima tensión entre lo quedaba de mí y sus labios en celos.

Ya no bastaban las palabras para calcular aquel ser estupefacto. Su silueta buscada, nada podía hacer ante el espejo.

Mientras giraba, imaginaba cómo sería derramar mis neuronas en la ruta. Lloraba y pensaba en todas las gotas negras que mi tumba acumularía. Mientras, el destino llegaba y sus ojos esquivaban todo intento.

Había decidido terminar aquella velada para hacerme añicos bajo la cama, bajo la sombra de un dios que lamentaba mi creación.

Todo aquello que tanto había aguardado, en la oscuridad me sonreía para luego masturbar mis deseos en penumbras de alquitrán.

Las voces seguían acumulando soles intocables. Todo lo que alguna vez dediqué en musas siniestras, ahora esperaba en un rincón para ser luego olvidado.

A sus pasos nada le importó, y creando una noche de dueños ajenos, sus imágenes se revolcaron en pasados y presentes lejos de mi ciudad.

Mis perfumes sólo recolectaban envidias, ayudados por mi coraza de rencores ante su presencia ingrata.

Solo, como un espectro, esperaba ser tocado por la lluvia, esperaba torturado por las raíces de un árbol pidiendo mi despertar que nunca llegaría. Los juramentos por no volver a contagiarme de su calor eran más fuertes que mi propia tormenta.

Así banqué en instantes las necesidades que la inseguridad absurda brinda.