Juan se dedicaba a tratar de dibujar en palabras todas aquellas cosas que para muchos eran cotidianas. Era un mal escritor, aburrido y repetido, o por lo menos así se definía él mismo. Sin embargo, por dentro, algunas de aquellas cosas que luego de varios días volvían a caer en sus manos, terminaban por gustarle. Nunca tuvo en su mente pensarse en letras, ni mucho menos que alguien leyera las letras de su pensamiento.
“Maldigo a aquellas personas que deban emborrachar todas las noches sus penas, maldigo a todos los que en su aura buscan la tentación de dolor para racionalizar sus sentimientos de cuerpos perdidos”, se repetía y repetía camino a su casa, tratando de no olvidarla, para escribirla sobre alguna hoja. Luego, esa frase tomaría algún sentido completo, pero por el momento, Juan no se preocupaba por entenderla.
Las tardes de frío eran los momentos que él más odiaba. Solía caminar a la deriva por la calles y, en medio de la gente, trastornaba su tiempo viendo destinos ajenos, olvidando el propio. Leía y trataba de buscar algún sentido singular a esas cosas que vivían los personajes de los libros de su mesa de luz. “El amor es una montaña de estiércol, y yo soy el gallo que cacarea arriba de ella”, leyó alguna vez en un cuento. A su criterio el amor era algo con un sentido único y expansivo. El mundo era amor, las cosas lo eran y el desamor también lo era aún más. Llevaba pocos años de vida, y todavía no encontraba un rumbo. No acertaba un destino donde la felicidad fuese eterna, donde escribir fuese cotidiano y deseado, donde el mar calmara sus penas y su cuerpo.
Luego de varios cigarrillos que abandonaba sobre una vieja madera entendió la más hermosa decepción que su propia naturaleza humana podía brindarle. Acomodó todo para llorarse a si mismo y dejó huérfanos sus rencores y cenizas del pasado para ser de ahora en más alguien que nada tiene que ver con el contacto. El deseo de ser otro lo condujo a su propia fatiga emocional. Cada mañana brillaba pensándose como el ser inhóspito que nunca creció entre edificios y que nunca lloró a nadie más. Las tasas seguían sobre la mesa, cuando en eternas canciones de desamor estimulaba cada rincón de sus extremidades. Usurpó sus vísceras y pudo ver en ellas correr la nada. Mientras esperaba la luna sentado en el balcón, el recuerdo de las soberanas palabras conducía a manchar las hojas de sudor. Nada de lo entendido por dios era un azar para él. La pluma envuelta en alquitrán, pronto vería su propia labor quemarse en los ojos de Juan, que nada sabía ahora de lo que era capaz su mente.
Las llaves de la puerta, siempre frías y equidistantes a él, nunca fueron tan mal vistas. Su encierro se convirtió en un placer de ilimitados prejuicios banales que sonaron en el contestador. Amigos y familiares buscaron recompensas por verlo ver el sol, sin efectos ni disonancias, las respuestas caían al vacío generado por el propio Juan.
Ya nadie sabía de él, ya todos lo consideraban maltratado por el escepticismo de ser quien alguna vez soñó escribirse. Las agujas de su reloj se marchitaron viéndolo derramar sus lluvias al desierto. Cada punto de partida le sonreía a su propia muerte, que con ansias de estupor lo esperaba sentada en su cama, la cual nunca más visitó desde aquel invierno.