Se acerca un año más de reflexión y desuso. Quizá, había hablado menos de lo normal, aunque los papeles seguían generando inquietud.
La distancia esta vez, y por primera ocasión, había llegado por elección propia. Sin embargo, la soledad de quienes no miran a los ojos, ahora era más propia que nunca.
Sabía cuántos besos había regalado, y cuántos había abandonado en la sal de los labios. Todo seguía sucediendo sin importar qué pensara el resto de él. Las montañas ahora se perdían al otro lado del mundo, y ese basto océano era cada vez más cerrado a sus necesidades.
Cada mañana, esperando ese nuevo año, era el mismo que lloraba su vida, el mismo que sonreía la nada.
El instante en el silencio incomodaba sus letras en prosas huecas. El amor y la definición imperfecta de la irracionalidad de los cuerpos, la ahora virtualidad de sus pésames, eran sólo suyas.
Se acercaba una fecha, y él aún seguía escribiéndose. La conexión del pasado era cruel, y la vista intrusa se convertía en una daga sin filo.
El sentimiento propio fue tal vez lo que lo llevó a seguir siendo uno más, uno más que cada mañana se olvida de él mismo mientras mira la taza de café, luego de que su cama devorara sus sueños.