18/7/08

La avaricia de quien ya olvidó

A escondidas de su mundo, las maravillas de sus ojos sucios fueron razón para ver luz. Durante un largo período se desalojó de todo tipo de gestos, y con un trago en la mano, miró al hombre más solo y más infeliz de aquella fiesta. A él poco le importó la incomodidad que su cuerpo generaba, y desplomado en un sillón decidió descansar por un rato, apostando todo a la nada.

Pasaron pocos minutos hasta ver debajo de su pelo dos brazos arrojándose sobre él, pidiéndole terminar con su soledad y arruinar la noche en bailes alquilados. Supo hundir aquel encuentro con viejas palabras, prolongadas por alcohol barato y las pocas ganas de sonreír. Sin embargo, con cada una de las canciones maltratadas por sus pies, sintió el deseo de dejarse llevar sin esperar respuestas positivas. Tardó, pero él se enamoró del olvido que ella generaba mientras rozaba su espalda en sus hombros.

El entorno incomodó su lengua y decidió esquivar todo el humo, para respirar afuera la agonía de su silueta. Ella jugando con su molestia, prefirió la complicidad de las miradas y siguió en su imaginación. Luego de varios intentos, él eyaculó sus promesas a su oído, para que días más tardes pudieran volver a navegar lejos, y solos.

Olvidó sus estereotipos e ideales cuando ella, en un papel, anotó su teléfono aceptando a escondidas su placer. Las edades se fundieron en su piel, y cuando el trauma de ser quien ya no piensa es sólo un elogio, ella supo esta vez mirarlo esquivar su propia mirada.

El esperó seguir rendido a las bronceadas aguas, ella sólo buscó estimular sus egos, para romperse a sí misma como objeto de deseo incapaz de amar.