28/9/09

Julian Cebreiro|| RAYADO ||




Quizá poco importa para muchos, aún así para mí. Sin embargo tengo una caja en mi habitación llena de hojas escritas por mí, bajo distintos contextos, situaciones, sentimientos y mundo.
Espero poder compartir con cada uno el agradecimiento de RAYADO

10/8/09

...

Me bastaron pocos minutos para que mis sentidos empezaran a reconfortarse con mirar la lejanía. Muertos por la razón, en camas opuestas ninguno de los dos tenía algún valor. La unicidad se había generado y ahora, partes de un beso, las palabras eran sólo alivios de amor. Cada uno de los colores buscaban alguna respuesta en su respiración, rápida y amarga por la intangibilidad que la negación distribuye en los cuerpos de su pasado. Crucé el frío, y mientras afrontaba la música, cada sudor era parte de ella, quien poco sabía de mi cuerpo. Las horas se hicieron eternas y cada una de las palabras hacía que su imagen acariciara mis piernas inmóviles.

El entorno cómplice a mis promesas disminuyó las posibilidades de que caiga en pesadillas. Pero la noche pronto acabaría y nada podía hacer para ahuyentar su desconsuelo. Tardé en dormir, en poder volver sonreír en sueños. Todo se desequilibró y volví a pensarla. Mi cuerpo me era incomodo, y comencé a llover en mensajes. Cada rincón trataba de estimular su ausencia, aunque la causalidad de la situación provocaba mi propio desalojo.

Necesitaba de sus fragancias, de sus miradas. Había aguardado durante días por sus respuestas, y ahora cuando ni las letras ni los escritos son fugaces, aguardaba sus caricias bajo la constante melodía.

11/5/09

Pacto del mar

Se acerca un año más de reflexión y desuso. Quizá, había hablado menos de lo normal, aunque los papeles seguían generando inquietud.

La distancia esta vez, y por primera ocasión, había llegado por elección propia. Sin embargo, la soledad de quienes no miran a los ojos, ahora era más propia que nunca.

Sabía cuántos besos había regalado, y cuántos había abandonado en la sal de los labios. Todo seguía sucediendo sin importar qué pensara el resto de él. Las montañas ahora se perdían al otro lado del mundo, y ese basto océano era cada vez más cerrado a sus necesidades.

Cada mañana, esperando ese nuevo año, era el mismo que lloraba su vida, el mismo que sonreía la nada.

El instante en el silencio incomodaba sus letras en prosas huecas. El amor y la definición imperfecta de la irracionalidad de los cuerpos, la ahora virtualidad de sus pésames, eran sólo suyas.

Se acercaba una fecha, y él aún seguía escribiéndose. La conexión del pasado era cruel, y la vista intrusa se convertía en una daga sin filo.

El sentimiento propio fue tal vez lo que lo llevó a seguir siendo uno más, uno más que cada mañana se olvida de él mismo mientras mira la taza de café, luego de que su cama devorara sus sueños.

10/3/09

La flor de una mañana

Tuvo entre sus manos una flor, quizás no la más bella, pero su aroma la bastaba para ser feliz por unos segundos más.

Era temprano y aún no sabía qué hacer más que deleitarse en el olor. El teléfono sonó mientras terminaba de ordenar la habitación, aunque poco lo inquietó y siguió, lejos del contacto ajeno.

Javier tenía 24 años y una mochila llena de ausencias. La vida le había golpeado en determinadas ocasiones, haciendo que dude de todo y de todos, salvo de Dios a quien de niño le habló.

Ya no sabía más nada de sí mismo, sólo algunos datos que lo guiaban, los cuales le indicaban dónde había nacido y su nombre.

Esa mañana se preguntaba hasta cuándo sería feliz; hasta cuándo duraría el olor de aquella flor.

Pensaba que lo mismo sucedería con el resto de las cosas. El acostumbramiento inevitable de los sentimientos, transformaría a la descomunal alegría en un simple hecho que pronto olvidaría en lo cotidiano.

Mientras, afeitaba su barba para reintegrarse al mundo. A pesar de todo, aquellas charlas consigo mismo eran propias de los lunes por la mañana, que continuarían hasta llegar a su trabajo, en el ruido del colectivo y detrás de las faldas que sus ojos trataban de borrar.

El teléfono volvió a romper sus pensamientos. Luego de insistir por varios segundos, Javier respondió. Sin esbozar ningún comentario tomó su mochila, los papeles que le indicaban quién era, y fue a su trabajo. Seguía sin saber más nada de él, y aquella flor ya no le parecía tan bella ni le hacía feliz.