La adoraban por sus promesas, por las que aún peleaba.
La amaban por su corazón, que regaba de pasados e hijos su cuerpo.
Cada cuando la veía caer en sus silencios,
por las lágrimas de estúpidos movimientos.
Diosa de todos los deseos, aun así sabía reír y envolvernos en mañanas.
La aman por ser su madre, allí donde las muecas no dicen nada y donde la alegría es eterna.