6/6/10

Marmol y piedad

Sólo tuvo un perdón para aquella causa perdida. Prefirió silenciar sus labios, antes de ver cómo se derriten sus rostros. Nada quizá más inhumano, que él mismo, aquel que alguna vez tejió versos, ahora sólo podía pedir amnesia a su espejo.

Incomoda sensación de haber perdido, de haber matado su angustia. Y ni el olvido ni la pena llegarían a destino, lejos del mar, a orillas de su entierro. Sólo pudo ver correr su sangre, descompuesta por el estupor ajeno. Ella se inclinó para tomar un último cigarrillo de la caja preguntando antes si alguien quería.

Luego, se acercó y le pegó sin emitir siquiera alguna palabra. Allí entendieron que todo terminaba, que la pelea era justa, al igual que su razón.

El tomó aire y partió, a la nada misma, donde los besos no dan consejos.