Era cada vez más fácil sentir aromas de adolescencia en cada abrir y cerrar de ojos. Mientras el trasluz de ella vagabundeaba en saludos, sólo me quedaba esperar el mío. Entre rojos y violetas cada sudor cayó sobre el arte primogénito.
La ilusión, que parecía haberse perdido, volvió a marcar cada sonrisa improvisada en un vano intento por llamar su atención y mi desamor.
Ella, con relojes ajenos, brilló por terrenos de soledad, de ausencia y muerte. Cuando la igualdad llegó, su visión se fue cada vez más, tocando la noche. Tras aquella figura de perfección se escondía una fuga de instantes. Rememorando pasados los deseos no llegaron y como quien toca fondo se selló el motín.
Próximo al calor, sus idas y vueltas alteraban cada vez, cada sol. Cómplice de aquella caída, oscurecimos entre vinos y alcobas.
En cada intento, yacía un penar, una ilusión que no moría hasta caer en el fondo de la copa, donde nadan los que ya se dieron por vencidos.
Por eso, cuando los ecos hacían vibrar las paredes, entre cuervos solté la soga para partir de aquel infierno, de aquel encuentro.
Ahora, siento cómo la peste se aproxima y los bisturís desarman los corazones, locos por su locura.
Así cuando la esperanza ya no es más que una palabra, todo silva entre ruidos. Las cosas que tienden a reforzar los esquemas de agonías perpetuas, comen en el cabaret de la oscura pesadilla del sol. Allí donde todo es más real que ella.