Mi añorada inocencia quedó intacta en plenos suspiros. La música y el alcohol provocaron la máxima tensión entre lo quedaba de mí y sus labios en celos.
Ya no bastaban las palabras para calcular aquel ser estupefacto. Su silueta buscada, nada podía hacer ante el espejo.
Mientras giraba, imaginaba cómo sería derramar mis neuronas en la ruta. Lloraba y pensaba en todas las gotas negras que mi tumba acumularía. Mientras, el destino llegaba y sus ojos esquivaban todo intento.
Había decidido terminar aquella velada para hacerme añicos bajo la cama, bajo la sombra de un dios que lamentaba mi creación.
Todo aquello que tanto había aguardado, en la oscuridad me sonreía para luego masturbar mis deseos en penumbras de alquitrán.
Las voces seguían acumulando soles intocables. Todo lo que alguna vez dediqué en musas siniestras, ahora esperaba en un rincón para ser luego olvidado.
A sus pasos nada le importó, y creando una noche de dueños ajenos, sus imágenes se revolcaron en pasados y presentes lejos de mi ciudad.
Mis perfumes sólo recolectaban envidias, ayudados por mi coraza de rencores ante su presencia ingrata.
Solo, como un espectro, esperaba ser tocado por la lluvia, esperaba torturado por las raíces de un árbol pidiendo mi despertar que nunca llegaría. Los juramentos por no volver a contagiarme de su calor eran más fuertes que mi propia tormenta.
Así banqué en instantes las necesidades que la inseguridad absurda brinda.