16/12/08
Vea Dios
La misa no dejó despedidas y el olvido fue eterno entre las copas de alcohol. Habían dejado en el cielo de aquel verano nubes sin terminar. Fue siniestro su amor y sus ganas de contarle al mundo un día más. Nada lo había dejado tan abstraído como aquel sol.
Pasaron los meses y el reencuentro no iba a llegar. Su familia acomodaba las cenizas para terminar el año, y él sólo se prometía no llorar.
22/10/08
Para nadie sensual
Las decisiones se convirtieron en constantes venganzas, perversas y maduras para su corta edad.
Había colgado de sus brazos el oro del orgullo ajeno y las miserias que la silueta humana brinda a los ojos de la naturaleza. Los corazones mojados por el odio que su Dios generó entre los acordes del abandono, fueron los que guiaron a su repentino caminar. Planeó no precisar nada más de este mundo, le bastaron un par de oídos de papel a quienes hablarle cuando la melancolía fuese tan tangible como ella.
Las excusas que enterró en su familia jamás pudieron herirla, mientras que en su cama, ella se arrodillaba sobre los espejos rotos que alguna vez tanto admiró.
Ni las horas pasaron, ni el destino quiso llegar. Quizá tampoco apresuró sus recuerdos para poder dispararse en llantos. Dejó todo, dejó su amor envuelto en papeles amarillos de garabatos.
Sus ropas comenzaron a impregnarse de olor a tabaco desde tempranas horas de la mañana. Preocupada por las manchas de sal en su mejilla, nada tuvo algún valor. Así partió buscando asilo en otros mundos, a pesar de su gusto por el sol y las lunas en la montaña.
6/10/08
La visita inesperada del diablo
Mientras lo observaba olvidaba el alquitrán de noches de insomnio, y ahora fuera de toda máscara por fin se libraba. Sin embargo, debió resignar sus deseos, y ni los sentimientos ni el azar eran parte de la decisión que la noche inauguró. Ató sus palabras a las melodías y conjuró por última vez la espera de su abrigo.
La pantalla que antes reflejaba su sal, ahora esperaba con ansias sus manos empapadas por sus aromas. Los festejos traían miradas insoportables, sin embargo poco a poco el mundo se derritió por completo y eso bastó para morir minutos más tarde.
29/8/08
Juan de noche
Juan se dedicaba a tratar de dibujar en palabras todas aquellas cosas que para muchos eran cotidianas. Era un mal escritor, aburrido y repetido, o por lo menos así se definía él mismo. Sin embargo, por dentro, algunas de aquellas cosas que luego de varios días volvían a caer en sus manos, terminaban por gustarle. Nunca tuvo en su mente pensarse en letras, ni mucho menos que alguien leyera las letras de su pensamiento.
“Maldigo a aquellas personas que deban emborrachar todas las noches sus penas, maldigo a todos los que en su aura buscan la tentación de dolor para racionalizar sus sentimientos de cuerpos perdidos”, se repetía y repetía camino a su casa, tratando de no olvidarla, para escribirla sobre alguna hoja. Luego, esa frase tomaría algún sentido completo, pero por el momento, Juan no se preocupaba por entenderla.
Las tardes de frío eran los momentos que él más odiaba. Solía caminar a la deriva por la calles y, en medio de la gente, trastornaba su tiempo viendo destinos ajenos, olvidando el propio. Leía y trataba de buscar algún sentido singular a esas cosas que vivían los personajes de los libros de su mesa de luz. “El amor es una montaña de estiércol, y yo soy el gallo que cacarea arriba de ella”, leyó alguna vez en un cuento. A su criterio el amor era algo con un sentido único y expansivo. El mundo era amor, las cosas lo eran y el desamor también lo era aún más. Llevaba pocos años de vida, y todavía no encontraba un rumbo. No acertaba un destino donde la felicidad fuese eterna, donde escribir fuese cotidiano y deseado, donde el mar calmara sus penas y su cuerpo.
Luego de varios cigarrillos que abandonaba sobre una vieja madera entendió la más hermosa decepción que su propia naturaleza humana podía brindarle. Acomodó todo para llorarse a si mismo y dejó huérfanos sus rencores y cenizas del pasado para ser de ahora en más alguien que nada tiene que ver con el contacto. El deseo de ser otro lo condujo a su propia fatiga emocional. Cada mañana brillaba pensándose como el ser inhóspito que nunca creció entre edificios y que nunca lloró a nadie más. Las tasas seguían sobre la mesa, cuando en eternas canciones de desamor estimulaba cada rincón de sus extremidades. Usurpó sus vísceras y pudo ver en ellas correr la nada. Mientras esperaba la luna sentado en el balcón, el recuerdo de las soberanas palabras conducía a manchar las hojas de sudor. Nada de lo entendido por dios era un azar para él. La pluma envuelta en alquitrán, pronto vería su propia labor quemarse en los ojos de Juan, que nada sabía ahora de lo que era capaz su mente.
Las llaves de la puerta, siempre frías y equidistantes a él, nunca fueron tan mal vistas. Su encierro se convirtió en un placer de ilimitados prejuicios banales que sonaron en el contestador. Amigos y familiares buscaron recompensas por verlo ver el sol, sin efectos ni disonancias, las respuestas caían al vacío generado por el propio Juan.
Ya nadie sabía de él, ya todos lo consideraban maltratado por el escepticismo de ser quien alguna vez soñó escribirse. Las agujas de su reloj se marchitaron viéndolo derramar sus lluvias al desierto. Cada punto de partida le sonreía a su propia muerte, que con ansias de estupor lo esperaba sentada en su cama, la cual nunca más visitó desde aquel invierno.
18/7/08
La avaricia de quien ya olvidó
A escondidas de su mundo, las maravillas de sus ojos sucios fueron razón para ver luz. Durante un largo período se desalojó de todo tipo de gestos, y con un trago en la mano, miró al hombre más solo y más infeliz de aquella fiesta. A él poco le importó la incomodidad que su cuerpo generaba, y desplomado en un sillón decidió descansar por un rato, apostando todo a la nada.
Pasaron pocos minutos hasta ver debajo de su pelo dos brazos arrojándose sobre él, pidiéndole terminar con su soledad y arruinar la noche en bailes alquilados. Supo hundir aquel encuentro con viejas palabras, prolongadas por alcohol barato y las pocas ganas de sonreír. Sin embargo, con cada una de las canciones maltratadas por sus pies, sintió el deseo de dejarse llevar sin esperar respuestas positivas. Tardó, pero él se enamoró del olvido que ella generaba mientras rozaba su espalda en sus hombros.
El entorno incomodó su lengua y decidió esquivar todo el humo, para respirar afuera la agonía de su silueta. Ella jugando con su molestia, prefirió la complicidad de las miradas y siguió en su imaginación. Luego de varios intentos, él eyaculó sus promesas a su oído, para que días más tardes pudieran volver a navegar lejos, y solos.
Olvidó sus estereotipos e ideales cuando ella, en un papel, anotó su teléfono aceptando a escondidas su placer. Las edades se fundieron en su piel, y cuando el trauma de ser quien ya no piensa es sólo un elogio, ella supo esta vez mirarlo esquivar su propia mirada.
El esperó seguir rendido a las bronceadas aguas, ella sólo buscó estimular sus egos, para romperse a sí misma como objeto de deseo incapaz de amar.
5/7/08
A su cuerpo una isla (a C.)
Debió haber corrido y dejar aquella embarcación flotar a la deriva. Eso imaginó, y con el cuerpo espigado se echó a andar llegando a orillas morenas. Su respiración estaba cada vez más agitada, mientras de a poco se desinhibía contándole su historia a la oscura arena. Pisó suelo en una nueva isla, aunque maltratada por posibles viajeros, perdidos al igual que él. Con cada sonrisa, la oleada le hacía sentir sus años, de dolor y ausencia. Calló al silencio la primera noche, y decidió no dejar nada. Sabía que ese estado de soledad terminaría con su desesperación, por lo que, cuando brilló en lunas, se despojó de prejuicios y escupió su verdad.
La isla, todavía sin nombre, no vaciló en pestañar ante los gestos improvisados del marino. La tierra fue frágil y ante cada mirada hundió su penumbra y pasado. Él sólo quiso alguien que resguardara sus secretos entre las sombras. Sin embargo, aquella figura de belleza atrapó su encanto y no le dejó fugarse en el viento.
Algunos troncos le sirvieron para flotar fuera de la rompiente, allí donde las caricias del follaje no llegan, allí donde esperó hasta abandonar la sal.
Sin bajar la guardia, e incomodo por los rayos de sol golpeando su rostro, aniquiló su afán de marinero y estalló su corazón en voces de piedad.
Bebió sus lágrimas imaginando aquella oportunidad de volver a rodar por sus pensamientos, aquel momento que sólo perduraría en formas de ilusiones, lejos de su alma.
Sin conocer siquiera sus mundos, aquel inoportuno y mojado hombre supo dividir las aguas de resignación y agonía, para caer en las siluetas de aquella playa virgen de amor.
22/6/08
El libro
Detrás de aquel regalo no se escondía mi perfección, sino el afán de amanecer nuevamente con un te quiero. Fueron días, horas o quizás años de imaginación, esperando que aquellas hojas volvieron al lugar de donde nacieron; a la maravilla de su amor. Pero su lejanía condujo a la eterna frustración de los recuerdos. Pude haber sido pequeñas cosas antes de rozar sus labios, sin embargo, cada beso marcó las ganas de seguir estancado en su inmensidad.
La luna arrasó con mis sentimientos y cada reflexión se oscureció con el correr del tiempo. Su ausencia e ignorancia marcaron mi sudor y mi humor. Nada podía combatir contra aquel gesto. Mi pluma ahora sólo manchaba las paredes con angustia, mientras su presente tampoco auguraba mi verdad. Esta vez mis cosas se despojaron de la realidad y la mente flotó por aquel regalo. Pasé el día aguardando una respuesta para así asentar la lluvia.
Tras la aceptación de los ojos ajenos arriesgué mis deseos para conquistar el resto de su amor. El alba fue motivo de ansiedad, esperando que su esencia roce la mía. Vio mi sentir entre las palabras eternas que tanto quise guardar en su vida. Ofrecí el resto de mis días a cuantas flores corrieran por su cuerpo, ofrecí olvidar mis espinas para volver a ella. Ahora, con el silencio entre mis manos, soy preso de efectos intangibles. Mi rocío aguarda y mi querer aún sigue siendo eso, a pesar de sus máscaras.
Tarde, su fin llegó y sólo me quedó esperar la muerte. Amarré mi encierro a la idea de abandonarme, buscando el ángulo más deseado. No pude con la cantidad de ideas que se paseaban por delante. Ella sin saberlo y desearlo inventó la felicidad. Tuve días de insomnio por amor, pero la ingenuidad fue mayor y las cosas escritas mojaron mis deseos, haciendo de la oscuridad un flagelo eterno.
26/5/08
El cuarto piso
Sin embargo, al llegar al living, recordó que no sería tan fácil poder volver a relajarse. En aquel estar, todavía quedaban escombros de una noche plena. A simple viste, y por la cantidad de copas y vajillas sucias desparramadas, el recién incorporado a la vida real, había tenido visitas. Revolvió la cocina hasta encontrar una tasa limpia, o que así lo aparentara, y preparó un té caliente. Acomplejado por la situación que debería resolver, prefirió buscar su libro que cobijaba en un sector vacío de su cama. Saboreando el humo del té, se paseó seleccionando el lugar preciso para comenzar a ordenar, y así poder terminar con los pocos capítulos que le quedaban de su olvidado libro. Durante varios minutos sólo se escucharon los sorbos que emitía su boca al beber.
Dos golpes seguidos a la puerta irrumpieron su soledad, y a medio vestir la abrió de par en par, sin preguntar siquiera quién era capaz de llegar a aquella hora. Al abrir, un señor de edad similar, se desplomó en sus hombros y en susurros le comentó algo que poco le importó. Rodolfo le ofreció una tasa de café, aunque por dentro deseaba una respuesta negativa. Aquel hombre, abrigado y con prisa, aseguró no poder quedarse, aunque prometió volver, más tarde, “cuando esté libre”.
Cerró la puerta, y mientras escuchaba los pasos bajar las escaleras dejó la tasa ya vacía y se dispuso a ordenar.
Le tomó varios minutos poder tratar de reorganizar aquel salón, y la parodia que la noche anterior se había levantado, ahora le sentaba incomodo ante las ruinas de aquel lugar, viejo por el desuso.
Afuera, ya era cada vez mayor el ruido de motores que circulaban por la calle. En frente, en la plaza, los artesanos como cada domingo improvisaban carpas donde exponer sus artículos. Él, ajeno a su entorno siguió con su labor para poder así desplomarse en su sillón. Sobre la estufa, el reloj marcaba las diez, ya habían pasado tres horas de su despertar y nada había cambiado en su cuarto piso. Tomó las copas sucias, y entre aromas a calas y tabaco húmedo, el cuarto volvió a su estado de oscuridad.
Cerca del mediodía, ya sin ganas de seguir moviendo su cuerpo, tomó el libro que había dejado, para por fin sentarse frente a la ventana. Aquella edición de tapa azul, con pocas inscripciones en su portada, tenía más que simples palabras dentro. Rodolfo olvidó dónde había terminado de leer, y se detuvo en la primera página, firmada por Sasha, su esposa, fallecida la noche anterior.
22/4/08
"Que vuelvan los lentos"
Sin embargo, entre el caos, las mentiras balbuceadas por los labios de desesperados hombres, son el camino más rápido y aconsejable para quienes todavía temen el rechazo y la ridiculez de lo vulgar. Las aproximaciones se hacen imposibles y como títeres aprovechan de la incomunicación que el ruido genera, para estrechar las caras de la más bellas, o bien, de las más accesibles.
Los códigos son conocidos por todos, ellas resignan sus cuerpos y escotes al baile, entre risas y amigas. Pero todo aquel estorbo no es sólo una excusa para los desaforados maestros del colchón rápido.
La evolución social dejó inactivas las almas amorosas. La fluidez de los medios, del orgasmo y de los pequeños pechos, forman parte de un todo que termina en la felicidad de los hombres que sólo pretendieron sexo cuando detrás de sus orejas se impregnaban de perfume barato.
4/4/08
Todos, todos...
Cada noche juraba no volver a llamarla, cada noche me desilusionaba y caía en una trampa de recuerdos que nunca tocaron fondo. Sin embargo, aquel juego le sentaba bien. Ya casi sin esperanzas me maravillaba con verla pasear, sonreír mientras mordía su anzuelo.
El sol estaba por llegar y a pesar de los reiterados intentos, nada podía hacerme dormir luego de desquebrajarme. Solía tener mi propio discurso ante la situación, aunque ni ella ni yo podíamos soportarlo. Esperaba sólo una señal para poder ahuyentar sus egos, sin embargo nada de eso llegaba.
Añoraba ciertos aromas de desencuentros y amores ajenos, por lo que buscaba donde sea lo que nadie supo dar. Todo era banal, los tiempos miraban al futuro mientras yo corría tratando de escapar del sometimiento que su esplendor generaba.
Ya sin ganas si quiera de sonreírle, sólo me bastó con dejarme llevar por el aire, para convertirme por instantes en uno más, a quien saluda por compromiso. Sus labios sonaron a nada, mientras dormía ya sin lunas.