Debió haber corrido y dejar aquella embarcación flotar a la deriva. Eso imaginó, y con el cuerpo espigado se echó a andar llegando a orillas morenas. Su respiración estaba cada vez más agitada, mientras de a poco se desinhibía contándole su historia a la oscura arena. Pisó suelo en una nueva isla, aunque maltratada por posibles viajeros, perdidos al igual que él. Con cada sonrisa, la oleada le hacía sentir sus años, de dolor y ausencia. Calló al silencio la primera noche, y decidió no dejar nada. Sabía que ese estado de soledad terminaría con su desesperación, por lo que, cuando brilló en lunas, se despojó de prejuicios y escupió su verdad.
La isla, todavía sin nombre, no vaciló en pestañar ante los gestos improvisados del marino. La tierra fue frágil y ante cada mirada hundió su penumbra y pasado. Él sólo quiso alguien que resguardara sus secretos entre las sombras. Sin embargo, aquella figura de belleza atrapó su encanto y no le dejó fugarse en el viento.
Algunos troncos le sirvieron para flotar fuera de la rompiente, allí donde las caricias del follaje no llegan, allí donde esperó hasta abandonar la sal.
Sin bajar la guardia, e incomodo por los rayos de sol golpeando su rostro, aniquiló su afán de marinero y estalló su corazón en voces de piedad.
Bebió sus lágrimas imaginando aquella oportunidad de volver a rodar por sus pensamientos, aquel momento que sólo perduraría en formas de ilusiones, lejos de su alma.
Sin conocer siquiera sus mundos, aquel inoportuno y mojado hombre supo dividir las aguas de resignación y agonía, para caer en las siluetas de aquella playa virgen de amor.
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