Detrás de aquel regalo no se escondía mi perfección, sino el afán de amanecer nuevamente con un te quiero. Fueron días, horas o quizás años de imaginación, esperando que aquellas hojas volvieron al lugar de donde nacieron; a la maravilla de su amor. Pero su lejanía condujo a la eterna frustración de los recuerdos. Pude haber sido pequeñas cosas antes de rozar sus labios, sin embargo, cada beso marcó las ganas de seguir estancado en su inmensidad.
La luna arrasó con mis sentimientos y cada reflexión se oscureció con el correr del tiempo. Su ausencia e ignorancia marcaron mi sudor y mi humor. Nada podía combatir contra aquel gesto. Mi pluma ahora sólo manchaba las paredes con angustia, mientras su presente tampoco auguraba mi verdad. Esta vez mis cosas se despojaron de la realidad y la mente flotó por aquel regalo. Pasé el día aguardando una respuesta para así asentar la lluvia.
Tras la aceptación de los ojos ajenos arriesgué mis deseos para conquistar el resto de su amor. El alba fue motivo de ansiedad, esperando que su esencia roce la mía. Vio mi sentir entre las palabras eternas que tanto quise guardar en su vida. Ofrecí el resto de mis días a cuantas flores corrieran por su cuerpo, ofrecí olvidar mis espinas para volver a ella. Ahora, con el silencio entre mis manos, soy preso de efectos intangibles. Mi rocío aguarda y mi querer aún sigue siendo eso, a pesar de sus máscaras.
Tarde, su fin llegó y sólo me quedó esperar la muerte. Amarré mi encierro a la idea de abandonarme, buscando el ángulo más deseado. No pude con la cantidad de ideas que se paseaban por delante. Ella sin saberlo y desearlo inventó la felicidad. Tuve días de insomnio por amor, pero la ingenuidad fue mayor y las cosas escritas mojaron mis deseos, haciendo de la oscuridad un flagelo eterno.
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