10/8/09

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Me bastaron pocos minutos para que mis sentidos empezaran a reconfortarse con mirar la lejanía. Muertos por la razón, en camas opuestas ninguno de los dos tenía algún valor. La unicidad se había generado y ahora, partes de un beso, las palabras eran sólo alivios de amor. Cada uno de los colores buscaban alguna respuesta en su respiración, rápida y amarga por la intangibilidad que la negación distribuye en los cuerpos de su pasado. Crucé el frío, y mientras afrontaba la música, cada sudor era parte de ella, quien poco sabía de mi cuerpo. Las horas se hicieron eternas y cada una de las palabras hacía que su imagen acariciara mis piernas inmóviles.

El entorno cómplice a mis promesas disminuyó las posibilidades de que caiga en pesadillas. Pero la noche pronto acabaría y nada podía hacer para ahuyentar su desconsuelo. Tardé en dormir, en poder volver sonreír en sueños. Todo se desequilibró y volví a pensarla. Mi cuerpo me era incomodo, y comencé a llover en mensajes. Cada rincón trataba de estimular su ausencia, aunque la causalidad de la situación provocaba mi propio desalojo.

Necesitaba de sus fragancias, de sus miradas. Había aguardado durante días por sus respuestas, y ahora cuando ni las letras ni los escritos son fugaces, aguardaba sus caricias bajo la constante melodía.