Tuvo entre sus manos una flor, quizás no la más bella, pero su aroma la bastaba para ser feliz por unos segundos más.
Era temprano y aún no sabía qué hacer más que deleitarse en el olor. El teléfono sonó mientras terminaba de ordenar la habitación, aunque poco lo inquietó y siguió, lejos del contacto ajeno.
Javier tenía 24 años y una mochila llena de ausencias. La vida le había golpeado en determinadas ocasiones, haciendo que dude de todo y de todos, salvo de Dios a quien de niño le habló.
Ya no sabía más nada de sí mismo, sólo algunos datos que lo guiaban, los cuales le indicaban dónde había nacido y su nombre.
Esa mañana se preguntaba hasta cuándo sería feliz; hasta cuándo duraría el olor de aquella flor.
Pensaba que lo mismo sucedería con el resto de las cosas. El acostumbramiento inevitable de los sentimientos, transformaría a la descomunal alegría en un simple hecho que pronto olvidaría en lo cotidiano.
Mientras, afeitaba su barba para reintegrarse al mundo. A pesar de todo, aquellas charlas consigo mismo eran propias de los lunes por la mañana, que continuarían hasta llegar a su trabajo, en el ruido del colectivo y detrás de las faldas que sus ojos trataban de borrar.
El teléfono volvió a romper sus pensamientos. Luego de insistir por varios segundos, Javier respondió. Sin esbozar ningún comentario tomó su mochila, los papeles que le indicaban quién era, y fue a su trabajo. Seguía sin saber más nada de él, y aquella flor ya no le parecía tan bella ni le hacía feliz.