Le faltaban algunos años todavía para ser madre, y de la niñez sólo le quedaba la nostalgia de haberla perdido. Cuando el resto inauguraba la inocencia de nuevos pechos y peinados, ella abandonaba sus pensamientos al abismo en el que se encontraba parada. Mientras esquivaba el olor a naftalina y comida que reinaban su casa, las órdenes eran cada vez más intensas. La vieja y remota idea de renunciar al mundo genital era más real.
Las decisiones se convirtieron en constantes venganzas, perversas y maduras para su corta edad.
Había colgado de sus brazos el oro del orgullo ajeno y las miserias que la silueta humana brinda a los ojos de la naturaleza. Los corazones mojados por el odio que su Dios generó entre los acordes del abandono, fueron los que guiaron a su repentino caminar. Planeó no precisar nada más de este mundo, le bastaron un par de oídos de papel a quienes hablarle cuando la melancolía fuese tan tangible como ella.
Las excusas que enterró en su familia jamás pudieron herirla, mientras que en su cama, ella se arrodillaba sobre los espejos rotos que alguna vez tanto admiró.
Ni las horas pasaron, ni el destino quiso llegar. Quizá tampoco apresuró sus recuerdos para poder dispararse en llantos. Dejó todo, dejó su amor envuelto en papeles amarillos de garabatos.
Sus ropas comenzaron a impregnarse de olor a tabaco desde tempranas horas de la mañana. Preocupada por las manchas de sal en su mejilla, nada tuvo algún valor. Así partió buscando asilo en otros mundos, a pesar de su gusto por el sol y las lunas en la montaña.