18/7/08

La avaricia de quien ya olvidó

A escondidas de su mundo, las maravillas de sus ojos sucios fueron razón para ver luz. Durante un largo período se desalojó de todo tipo de gestos, y con un trago en la mano, miró al hombre más solo y más infeliz de aquella fiesta. A él poco le importó la incomodidad que su cuerpo generaba, y desplomado en un sillón decidió descansar por un rato, apostando todo a la nada.

Pasaron pocos minutos hasta ver debajo de su pelo dos brazos arrojándose sobre él, pidiéndole terminar con su soledad y arruinar la noche en bailes alquilados. Supo hundir aquel encuentro con viejas palabras, prolongadas por alcohol barato y las pocas ganas de sonreír. Sin embargo, con cada una de las canciones maltratadas por sus pies, sintió el deseo de dejarse llevar sin esperar respuestas positivas. Tardó, pero él se enamoró del olvido que ella generaba mientras rozaba su espalda en sus hombros.

El entorno incomodó su lengua y decidió esquivar todo el humo, para respirar afuera la agonía de su silueta. Ella jugando con su molestia, prefirió la complicidad de las miradas y siguió en su imaginación. Luego de varios intentos, él eyaculó sus promesas a su oído, para que días más tardes pudieran volver a navegar lejos, y solos.

Olvidó sus estereotipos e ideales cuando ella, en un papel, anotó su teléfono aceptando a escondidas su placer. Las edades se fundieron en su piel, y cuando el trauma de ser quien ya no piensa es sólo un elogio, ella supo esta vez mirarlo esquivar su propia mirada.

El esperó seguir rendido a las bronceadas aguas, ella sólo buscó estimular sus egos, para romperse a sí misma como objeto de deseo incapaz de amar.

5/7/08

A su cuerpo una isla (a C.)

Debió haber corrido y dejar aquella embarcación flotar a la deriva. Eso imaginó, y con el cuerpo espigado se echó a andar llegando a orillas morenas. Su respiración estaba cada vez más agitada, mientras de a poco se desinhibía contándole su historia a la oscura arena. Pisó suelo en una nueva isla, aunque maltratada por posibles viajeros, perdidos al igual que él. Con cada sonrisa, la oleada le hacía sentir sus años, de dolor y ausencia. Calló al silencio la primera noche, y decidió no dejar nada. Sabía que ese estado de soledad terminaría con su desesperación, por lo que, cuando brilló en lunas, se despojó de prejuicios y escupió su verdad.

La isla, todavía sin nombre, no vaciló en pestañar ante los gestos improvisados del marino. La tierra fue frágil y ante cada mirada hundió su penumbra y pasado. Él sólo quiso alguien que resguardara sus secretos entre las sombras. Sin embargo, aquella figura de belleza atrapó su encanto y no le dejó fugarse en el viento.

Algunos troncos le sirvieron para flotar fuera de la rompiente, allí donde las caricias del follaje no llegan, allí donde esperó hasta abandonar la sal.

Sin bajar la guardia, e incomodo por los rayos de sol golpeando su rostro, aniquiló su afán de marinero y estalló su corazón en voces de piedad.

Bebió sus lágrimas imaginando aquella oportunidad de volver a rodar por sus pensamientos, aquel momento que sólo perduraría en formas de ilusiones, lejos de su alma.

Sin conocer siquiera sus mundos, aquel inoportuno y mojado hombre supo dividir las aguas de resignación y agonía, para caer en las siluetas de aquella playa virgen de amor.