En susurros había elevado aquella canción a los estímulos más reconfortantes del amor. Sin embargo volver a oír sus palabras rotas por lo flagelos causaban admiración y disconformidad a la vez.
Había regenerado toda posibilidad de estimular mis amenazas. Todo aquello que me hacía morir ahora soplaba siluetas de lejanas parejas donde nunca pude recorrer las sombras que forman las noches de lazos.
Mis necesidades por reconfortar la homogeneidad de la nada sólo afectaban las puertas de una calurosa primavera, haciendo que cada deseo se vuelva un penar.
Las horas como cuentagotas ahora me sonreían, me torturaban. La elección entre ocasos siniestros daban sus augurios y yo ya no quería más letras rondando por las huellas de abriles.
El pasado callaba los cuentos de ilusiones y la felicidad se veía a lo lejos partir, remarcando lo ya roto y guardado. Vagué y caminé por ahí, por donde las pastillas contra la locura no tienen más que melancolías ante la obligación que el mundo hace perdurar.
Los cigarrillos continuaban recolectando trozos rotos de señales que nunca quise ver. En intentos por aliviar a los soles emergentes, dormía sus frases en camas de cristales, irrumpiendo sus deseos y calmando mis miedos.