27/5/10

Tardes de años

- Cerrame la puerta -dijo.

Quedaban sólo ellos dos en la casa, silenciosa y con resacas de una discusión. Afuera aún brillaba el sol y quedaba tiempo para pensar qué hacer. Mientras hervía su pava, el timbre sonó dos veces seguidas.

- Hola, ¿José está?

José soñaba aún con jugar al fútbol, quizá la popularidad le daba más satisfacciones que el propio mérito deportivo. Sin embargo nada de eso sería. Su crecimiento se vinculaba al constante uso de la metáfora escrita. Escribiría más de lo que leería, ocultando a cada paso una frase sin sentido. La amistad llegaría tarde, acompañada por el desgaste de sus labios, llenos de miseria y vidrio. Sus llantos seguirían por largo tiempo a la nada, a las musas infantiles. Odiaba y odiaría las mañanas, ese lapso donde prometería no volver a fumar, a tomar y tratar sin éxito de borrar lo escrito la noche anterior.

No sería futbolista, pero sí un anónimo enamorado del egoísmo ajeno. Contraería familia a corta edad, sin trabajo y bajo la furiosa mirada familiar, quien procuraba estimular sus fracasos.
Todavía era débil, y el amor no llegaría, y aún así terminaría por no esperarlo, abandonando su cuerpo a la compañía momentánea, sin grandes requisitos más que un te quiero para ir a dormir. José buscaría brillar a lo largo de su vida, a pesar de fomentar su encierro a través de la palabra. Sin embargo, nada ni nadie sabía aún de él.

- Sí, pero está en penitencia. Hoy no va poder salir a jugar – contestó su madre.