El frío sacudió las almas intactas de Mendoza. Sin embargo, pocos sabían de la adhesión que detrás de aquellas siluetas se pretendía incorporar a la realidad. El juego ya había dejado de serlo, y los labios apagaban las sombras. Había ignorado su estupor por hacer brillar su risa, cada uno de los instantes moría en sus sonidos que tanto había imaginado. La vergüenza que alguna vez rezó, ahora se disolvía en las caricias que su sudor suplicaba.
Mientras lo observaba olvidaba el alquitrán de noches de insomnio, y ahora fuera de toda máscara por fin se libraba. Sin embargo, debió resignar sus deseos, y ni los sentimientos ni el azar eran parte de la decisión que la noche inauguró. Ató sus palabras a las melodías y conjuró por última vez la espera de su abrigo.
La pantalla que antes reflejaba su sal, ahora esperaba con ansias sus manos empapadas por sus aromas. Los festejos traían miradas insoportables, sin embargo poco a poco el mundo se derritió por completo y eso bastó para morir minutos más tarde.
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