Quizá allí, allí donde los consejos son meros balbuceos, quizá allí nació su esperanza. No sentía desprecio por las relaciones pasadas, aunque no sabía aún cómo hacer para no castigarse a sí mismo.
Era menor de edad, y con la barba apenas crecida se echó a andar. Poca gente lo conocía por su nombre en esa ciudad, y muchos menos por lo que soñaba. Reservaba cada uno de los silencios a entrelazar las frases más bellas. Todavía no sabía de su impregnación y la eternidad que provocaban en la memoria.
Llegó al pueblo vecino con dos manzanas, una como almuerzo y la otra aún sin fecha de vencimiento. Quizá este niño merecía más que una familia enredada en la alfombra. El ardor que la vida le generaba, aún curaba la liturgia. Su imposibilidad de reacción a lo ajeno dificultaba su integración. Ante la duda prefería bajar la mirada. Su destreza se encontraba en la locura que pocos se animaban a descifrar.
Por las noches era cuando el humo del cigarrillo dibujaba su aura. En una hoguera se desvinculaba con la realidad y le lloraba a su amiga, a su puta de la esquina que por un par de monedas sólo se sentaba al borde de la cama para verlo aullar su querer.
Ella se apresaba cada día más de él. Aunque sólo su pasado la conocía como él la soñaba, sólo él resguardaba su rencor, y manchaba las mañanas de sus aromas.
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