29/8/08

Juan de noche

Juan se dedicaba a tratar de dibujar en palabras todas aquellas cosas que para muchos eran cotidianas. Era un mal escritor, aburrido y repetido, o por lo menos así se definía él mismo. Sin embargo, por dentro, algunas de aquellas cosas que luego de varios días volvían a caer en sus manos, terminaban por gustarle. Nunca tuvo en su mente pensarse en letras, ni mucho menos que alguien leyera las letras de su pensamiento.


“Maldigo a aquellas personas que deban emborrachar todas las noches sus penas, maldigo a todos los que en su aura buscan la tentación de dolor para racionalizar sus sentimientos de cuerpos perdidos”, se repetía y repetía camino a su casa, tratando de no olvidarla, para escribirla sobre alguna hoja. Luego, esa frase tomaría algún sentido completo, pero por el momento, Juan no se preocupaba por entenderla.


Las tardes de frío eran los momentos que él más odiaba. Solía caminar a la deriva por la calles y, en medio de la gente, trastornaba su tiempo viendo destinos ajenos, olvidando el propio. Leía y trataba de buscar algún sentido singular a esas cosas que vivían los personajes de los libros de su mesa de luz. “El amor es una montaña de estiércol, y yo soy el gallo que cacarea arriba de ella”, leyó alguna vez en un cuento. A su criterio el amor era algo con un sentido único y expansivo. El mundo era amor, las cosas lo eran y el desamor también lo era aún más. Llevaba pocos años de vida, y todavía no encontraba un rumbo. No acertaba un destino donde la felicidad fuese eterna, donde escribir fuese cotidiano y deseado, donde el mar calmara sus penas y su cuerpo.


Luego de varios cigarrillos que abandonaba sobre una vieja madera entendió la más hermosa decepción que su propia naturaleza humana podía brindarle. Acomodó todo para llorarse a si mismo y dejó huérfanos sus rencores y cenizas del pasado para ser de ahora en más alguien que nada tiene que ver con el contacto. El deseo de ser otro lo condujo a su propia fatiga emocional. Cada mañana brillaba pensándose como el ser inhóspito que nunca creció entre edificios y que nunca lloró a nadie más. Las tasas seguían sobre la mesa, cuando en eternas canciones de desamor estimulaba cada rincón de sus extremidades. Usurpó sus vísceras y pudo ver en ellas correr la nada. Mientras esperaba la luna sentado en el balcón, el recuerdo de las soberanas palabras conducía a manchar las hojas de sudor. Nada de lo entendido por dios era un azar para él. La pluma envuelta en alquitrán, pronto vería su propia labor quemarse en los ojos de Juan, que nada sabía ahora de lo que era capaz su mente.

Las llaves de la puerta, siempre frías y equidistantes a él, nunca fueron tan mal vistas. Su encierro se convirtió en un placer de ilimitados prejuicios banales que sonaron en el contestador. Amigos y familiares buscaron recompensas por verlo ver el sol, sin efectos ni disonancias, las respuestas caían al vacío generado por el propio Juan.


Ya nadie sabía de él, ya todos lo consideraban maltratado por el escepticismo de ser quien alguna vez soñó escribirse. Las agujas de su reloj se marchitaron viéndolo derramar sus lluvias al desierto. Cada punto de partida le sonreía a su propia muerte, que con ansias de estupor lo esperaba sentada en su cama, la cual nunca más visitó desde aquel invierno.

1 comentario:

Juan Cebreiro dijo...

OTRO DIA

El pasaba su tiempo buscando algo que nunca llegaba, estaba cansado y solo, y a pesar de todo el esfuerzo que realizaba para no sentirse así, no conseguía llegar a su plenitud, no alcanzaba esa felicidad que tanto buscaba.
Su tiempo transcurría caminando por lugares solitarios, por calles oscuras, que le permitieran ver y sentir la oscuridad y el silencio, él no quería escuchar a nadie, no deseaba ni quería la protección de alguien, él quería superar sus paradigmas que tanto lo atormentaban, él quería estar simplemente solo, para quitarse esa imagen que tenía grabada en sus pupilas y que veía en todo momento.
Se daba cuenta que las cosas no las había superado por completo, que por más que completara su tiempo de vida con cosas efímeras, pasaba sus noches escribiendo, tratando de darle forma con palabras a las cosas que le pasaban, pero sin embargo, solo lograba entrar en la nostalgia de no poder llegar a ser lo que pensó algún día sería, entrando en las penumbras solo con sus letras e historias.
A pesar del tiempo que haya pasado, él la seguía buscando en un océano de caras y voces sin rostros ni palabras, desdibujados y mezclados por el humo y el alcohol, en una ciudad de luces que no dormía, al igual que él, que no podía por el miedo que su amiga soledad le generaba, pero seguía buscando sin saber quien era, esperando una señal que le indique el camino, que lo ayude a pasar por esos lugares fríos y solitarios; para así encontrar ese sitio que tanto desea, la calidez de ese momento que añora, y así colmar esas ansias de sentirse completo, sentirse finalmente bien.
Sin embargo para él, las cosas no cambiaban, sentía que le faltaba el aire, que ya no podía estar en ese lugar que lo vio crecer, que tenia que volar hacia nuevos rumbos, para madurar, tener nuevas oportunidades, conocer otra realidad, y tal vez encontrar eso que tanto buscaba y en ese lugar no encontraba. Realizarse con sus fantasías, poder encontrar eso por lo que él necesita hacer todo, encontrar la cara de estas palabras, reconocer por quien escribe y así dejarse llevar por narraciones, y dejar de escribir de un mundo que no lo satisface, del cual está cansado de escuchar que tiene todo para dar.
Son estas situaciones las que le tocan vivir todos los días, por suerte no solo para él, lo cual le da tranquilidad, y serenidad, para poder continuar todos los días su camino. Es su ego lo que le permite cada día levantarse, es su orgullo lo que necesita para crecer, él que durante tanto tiempo se jacto de sus actos y su soberbia que lo mantenía erguido, ya no son más que la sombra de alguien azotado por la realidad, doblegado por ansiedad, desilusionado con entorno; y solo encuentra refugio en las noches junto a su pluma y papel.
Es siniestro el destino, que no lo deja conocer cual será el futuro, y solo le permite mirar hacia atrás y recordar esos momentos, que muchas noches lo atormentan aún hoy.
Fue su pasado el que lo marco a fuego, siendo la persona de es hoy, analizando cada una de las situaciones, cometiendo errores que le duelen, pero los sigue cometiendo solo para tratar de ser cada vez más frio y que cada vez le importe menos. Pero lamentablemente para él, eso no resulta, y solo provoca más temores y angustias, haciendo que de a poco se valla alejando más y más de las cosas que quiere y tiene, pero que la ceguera no lo deja ver.
Muchas noches se esconde en los brazos de otras personas, únicamente para no sentirse solo, tratando de borrar de su mente, de sus pensamientos y sueños, aquello que siempre viene, y que tanto mal le hace. Se dio cuenta que es imposible hacerlo de esa manera para él, que es algo que tiene que pasar solo, que los brazos de un amante, no son mas que la brisa del otoño, que lo acaricia pero avisa de la llegada del pronto invierno.
Hoy él sigue escribiendo, sigue buscando, porque sabe que lo va a encontrar, recorrerá el cielo en búsqueda de las estrellas, para que lo guíen en su camino, esperando el sol en todo su esplendor, que llegará para sacarlo de esa penumbra y pueda así escribir y soñar despierto con sus nuevos dioses.


J. A. Cebreiro