26/5/08

El cuarto piso

7 a.m. el despertador comenzó a desequilibrar el silencio que amargaba aquel departamento. Afuera, el cotidiano frío de invierno deambulaba por cada rincón de la ciudad. Su rostro parecía no esconder nada nuevo, y con gran esfuerzo, y pensando cada uno de sus movimientos, pudo sentarse en la cama. Tardó varios minutos en poder dar su primer paso, donde no pensó en nada más que seguir durmiendo. Acostumbrado al trabajo, la todavía oscura mañana no lo molestaba y aquel domingo lo esperaba con un sillón frente a la ventana, donde poder leer y observar desde su sombrío cuarto piso a su infancia correr por las calles empedradas.

Sin embargo, al llegar al living, recordó que no sería tan fácil poder volver a relajarse. En aquel estar, todavía quedaban escombros de una noche plena. A simple viste, y por la cantidad de copas y vajillas sucias desparramadas, el recién incorporado a la vida real, había tenido visitas. Revolvió la cocina hasta encontrar una tasa limpia, o que así lo aparentara, y preparó un té caliente. Acomplejado por la situación que debería resolver, prefirió buscar su libro que cobijaba en un sector vacío de su cama. Saboreando el humo del té, se paseó seleccionando el lugar preciso para comenzar a ordenar, y así poder terminar con los pocos capítulos que le quedaban de su olvidado libro. Durante varios minutos sólo se escucharon los sorbos que emitía su boca al beber.

Dos golpes seguidos a la puerta irrumpieron su soledad, y a medio vestir la abrió de par en par, sin preguntar siquiera quién era capaz de llegar a aquella hora. Al abrir, un señor de edad similar, se desplomó en sus hombros y en susurros le comentó algo que poco le importó. Rodolfo le ofreció una tasa de café, aunque por dentro deseaba una respuesta negativa. Aquel hombre, abrigado y con prisa, aseguró no poder quedarse, aunque prometió volver, más tarde, “cuando esté libre”.

Cerró la puerta, y mientras escuchaba los pasos bajar las escaleras dejó la tasa ya vacía y se dispuso a ordenar.

Le tomó varios minutos poder tratar de reorganizar aquel salón, y la parodia que la noche anterior se había levantado, ahora le sentaba incomodo ante las ruinas de aquel lugar, viejo por el desuso.

Afuera, ya era cada vez mayor el ruido de motores que circulaban por la calle. En frente, en la plaza, los artesanos como cada domingo improvisaban carpas donde exponer sus artículos. Él, ajeno a su entorno siguió con su labor para poder así desplomarse en su sillón. Sobre la estufa, el reloj marcaba las diez, ya habían pasado tres horas de su despertar y nada había cambiado en su cuarto piso. Tomó las copas sucias, y entre aromas a calas y tabaco húmedo, el cuarto volvió a su estado de oscuridad.

Cerca del mediodía, ya sin ganas de seguir moviendo su cuerpo, tomó el libro que había dejado, para por fin sentarse frente a la ventana. Aquella edición de tapa azul, con pocas inscripciones en su portada, tenía más que simples palabras dentro. Rodolfo olvidó dónde había terminado de leer, y se detuvo en la primera página, firmada por Sasha, su esposa, fallecida la noche anterior.

1 comentario:

Unknown dijo...

Muy bueno el cuento. Es excelente y el final no me lo esperaba ni en pedo... es genial, muy bueno.
Vas bien. Yo igual, te cuento, imprimi los que tenes publicados para tenerlos. Pero la verdad excelente. No haz pensado en publicar un libro. Jijiji.